domingo, 24 de enero de 2016

Macbeth o Batman

Es práctica habitual entre los historiadores —incluyendo al que esto escribe— analizar el desarrollo de las artes, a pesar de lo profundamente arraigadas que están en la sociedad, como si fuesen separables de su contexto contemporáneo, como una rama o tipo de actividad humana sujeta a sus propias reglas y susceptible por ello de ser juzgada de acuerdo con ellas. No obstante, en la era de las más revolucionarias transformaciones de la vida humana de que se tiene noticia, incluso este antiguo y cómodo método para estructurar el análisis histórico se convierte en algo cada vez más irreal. No sólo porque los límites entre lo que es y no es clasificable como «arte», «creación» o artificio se difuminan cada vez más, hasta el punto de llegar incluso a desaparecer, sino también porque una influyente escuela de críticos literarios de fin de siglo pensó que era imposible, irrelevante y poco democrático decidir si Macbeth es mejor o peor que Batman. El fenómeno se debe también a que las fuerzas que determinaban lo que pasaba en el arte, o en lo que los observadores pasados de moda hubieran llamado así, eran sobre todo exógenas y, como cabía esperar en una era de extraordinaria revolución tecnocientífica, predominantemente tecnológicas.

Eric HOBSBAWM, "La muerte de la vanguardia: Las artes después de 1950", Historia del siglo XX, 13º ed., Barcelona: Crítica, 2000, p.495-6 (Tít. orig.: Age of extremes : the short twentieth century, 1914-1991, Londres: Michael Joseph Ltd, 1994).

viernes, 15 de enero de 2016

Bajo la nieve

De todas las estaciones, el invierno es la más vieja. Pone edad en los recuerdos. Nos devuelve a un largo pasado. Bajo la nieve la casa es vieja. Parece que la casa vive más atrás en los siglos lejanos. Ese sentimiento está bien evocado por Bachelin en las páginas en que el invierno tiene toda su hostilidad. "Eran noches en que, en las viejas casas rodeadas de nieve y cierzo, las grandes historias, las bellas leyendas que se transmiten los hombres adquieren un sentido concreto y se hacen susceptibles, para quien las ahonda, de una aplicación inmediata. Y así tal vez uno de nuestros antepasados, expirando en el año 1000, pudo creer en el fin del mundo. Porque las historias no son aquí cuentos de la velada, cuentos de hadas relatados por las abuelas; son historias de hombres, historias que meditan fuerzas y signos"."En esos inviernos —dice en otro lugar Bachelin— parece que, bajo la campana de la vasta chimenea, las viejas leyendas debían ser entonces mucho más viejas que hoy". Tenían precisamente esa antigüedad del drama de los cataclismos, de los cataclismos que pueden anunciar el fin del mundo.

Gaston Bachelar, La poética del espacio, 1957.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Posmodernidad

Por contra, desde finales de los sesenta se fue manifestando una marcada reacción contra esto, que en los años ochenta se puso de moda bajo etiquetas tales como «posmodernidad». No era tanto un «movimiento» como la negación de cualquier criterio preestablecido de juicio y valoración en las artes o, de hecho, de la posibilidad de realizarlos. Fue en la arquitectura donde esta reacción se dejó sentir y ver por primera vez, coronando los rascacielos con frontispicios chippendale, tanto más provocativos por el hecho de ser construidos por el propio coinventor del término «estilo internacional», Philip Johnson (1906). Los críticos para quienes la línea del cielo creada espontáneamente en Manhattan había sido el modelo moderno de ciudad, descubrieron las virtudes de la desvertebración de Los Ángeles, un desierto de detalles sin forma, el paraíso (o el infierno) de aquellos que hicieron lo que quisieron. Irracional como era, la arquitectura moderna se regía por criterios estético-morales, pero en adelante las cosas ya no iban a ser así.

Eric HOBSBAWM, "La muerte de la vanguardia: Las artes después de 1950", Historia del siglo XX, 13º ed., Barcelona: Crítica, 2000, p.510 (Tít. orig.: Age of extremes : the short twentieth century, 1914-1991, Londres: Michael Joseph Ltd, 1994).

sábado, 1 de agosto de 2015

La casa

La casa somos nosotros y nosotros somos la casa

La cocina es energética, invita al trabajo, a la creatividad, al movimiento. También a la conversación: los instrumentos de cocina nos enseñaron a hablar (el neurólogo Frank Wilson sostiene que las categorías del lenguaje proceden de acciones manuales; los sustantivos “cogen”, los adverbios y los verbos, a modo de herramientas manuales, modifican movimientos y objetos). La cocina es una fábrica de olores que activan nuestra memoria y despiertan el ánimo, como el café de la mañana. El baño es ergonómico, terso en sus superficies, sensual, marino; activa en el subconsciente nuestro pasado acuático; nos transforma, nos renueva, nos hace mejores, e incluso nos devuelve la paz después de un mal día: una ducha caliente en invierno es capaz de arreglar un lunes. La sala de estar es el confort y la horizontalidad; también el juego y el esparcimiento. Es nuestro lado informal: cuesta imaginarse sentado en el sofá con la espalda erguida y llevando zapatos… El dormitorio es envolvente, acogedor, refugio, cueva arcana. Es útero materno, “huevo cósmico” (Gaston Bachelard: “Toda gran visión del mundo debe empezar con el huevo cósmico”). El dormitorio es lo más íntimo de la casa, nuestro olor se impregna en las paredes y es difícil sacarlo; es parte de nuestro cuerpo (no es casualidad que mudarse también signifique mudar de piel). Su centro es la cama, que lo es todo; la cama es un universo en sí mismo. Es soñar y dormir, pero también es nacer, hacer el amor, padecer enfermedad y morir. Todo lo trascendental en la vida pasa en la cama.


Los recuerdos de la casa

¿Por qué la gente no quiere vivir en casas donde se cometieron asesinatos o hubo suicidios? ¿Acaso quedan impregnadas en las paredes la inquina y el dolor, los gritos de horror, las lágrimas de desesperación? La cultura popular está repleta de ejemplos en los que aparecen casas encantadas y embrujadas, casas del terror y casas que nos vuelven viles y mezquinos. Por ejemplo, en Poltergeist, los habitantes sufren las desagradables consecuencias de habitar una casa construida sobre un cementerio. Nos referimos a la memoria de la casa. Los hechos acaecidos “se manifiestan” en forma de “malos espíritus”, vengativos y rencorosos. Pero también pueden habitar en la casa los “buenos recuerdos”. Los materiales registran los movimientos de las manos hacendosas y cuidadosas que enceraron la madera, que limpiaron con esmero los cristales, que repararon las grietas y pintaron las paredes, que clavaron felices cuadros en las paredes. Los movimientos alegres de sus habitantes en el espacio quedan capturados con frecuencia en las imperfecciones; en aquel rayón en el parquet al montar con ilusión los muebles, en aquella mancha de café en el mármol por reírse de un chiste… La casa no es solo un espacio físico, sino también mental. Un lugar donde se registra el tiempo, un almacén de recuerdos. La casa de una persona que ha vivido allí muchos años es un exhaustivo registro biográfico. Todo son recuerdos, cada objeto se convierte en una experiencia en el pasado; hasta el más insignificante detalle sirve para recordar al marido fallecido: el rincón donde le gustaba sentarse o aquel vasito donde solía echarse el vino… La casa es una máquina para recordar.


El cuerpo y la cara de la casa

Las casas también tienen caras que reflejan su alma. Tendemos a relacionar y asociar la imagen de la casa con nuestro propio cuerpo. Como dice Pallasmaa: “Las ventanas son los ojos de la casa, y estos pueden ser benévolos y acogedores, o crueles y amenazantes. Las ventanas rotas se perciben dolorosamente como ojos violentados y cegados. […] a menudo los vidrios polarizados y tintados sugieren inquietantes enfermedades del ojo”. La casa que Adolf Loos diseñó para Tristan Tzara, fundador del Dadaísmo, es una cara que nos mira de frente en el distrito 18º de Paris. La obra de Álvaro Siza también está llena de caras, como en la Facultad de Arquitectura de Oporto, y el propio Siza admite la influencia en ello de Palladio y los antiguos maestros italianos. La casa se inspira en el cuerpo y también el cuerpo en la casa. Rilke dice: “No he vuelto a ver nunca esta extraña morada […]; no es un edificio; esta toda ella rota y repartida en mí; aquí una pieza, allá una pieza y acá un extremo de pasillo que no reúne a estas dos piezas, sino que está conservado en cuanto que fragmento”. Las casas tienden a parecerse a sus dueños, y los dueños a sus casas, y así lo refleja la cultura popular. Jack Torrance, el escritor de El Resplandor, se vuelve loco en aquel hotel de montaña obsesivamente simétrico e inhumano (el ser humano no es completamente simétrico; no tenemos un corazón en cada lado) y finalmente intenta asesinar a su mujer y su hijo. El inconsciente colectivo revela que la mala casa nos vuelve malos; hemos de inferir que lo contrario es también válido: la buena casa nos hace mejores personas.


Buenas casas

En las casas buenas nos sentimos en paz. Los espacios son acogedores y optimistas. Uno se siente cómodo y es uno mismo: los disfraces están dentro del armario. Uno se desnuda, se encuentra con su cuerpo, con su naturaleza esencial y hasta brutal: donde mejor hace uno sus necesidades es en su casa. Echarse en el sofá y abrigarse con una suave manta en invierno es un placer serio, una de las mejores experiencias que pueden tenerse en la vida: el confort, la tranquilidad y la inmovilidad corporal activan nuestra mente y la actividad reflexiva: Bachelard de nuevo: “El pensamiento es el movimiento del hombre inmóvil”. Disfrutar de la lluvia tras los cristales o de una brisa fresca en verano con las ventanas abiertas “de par en par” son experiencias corporales enormemente placenteras que trascienden su materialidad estricta, y que pueden amplificar la conciencia de nosotros mismos y nuestra forma de estar en el mundo. Una buena casa puede constituir un poderoso instrumento de reflexión metafísica que nos ayude a comprender la existencia y a darle sentido a nuestra vida, pero también incluso a nuestra muerte: en una buena cama, uno puede hasta morirse tranquilo y en paz.


Tomarse la casa en serio

Por todo ello os invito a tomaros vuestra casa en serio: no es un producto de usar y tirar, no se rellena con muebles de plástico y cuadros de supermercado; no se va solo a dormir y a calentar algo en el microondas… La casa no se habita de cualquier forma ni se hace deprisa y sin cariño como un mal polvo (hacerse de hacer, también de hacendoso: “Solícito y diligente en las faenas domésticas”, DRAE). La casa es una forma de estar y ser en el mundo.

Bachelard una vez más: “La casa es uno de los mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre”.



Nuremberg, sábado 1 de agosto. Llueve. Qué bien se está en casa.



PS.: El texto está en deuda con Juhani Pallasmaa a quien le he robado casi todas las citas. Pero quiero dedicárselo a Ángel Hita, con quien mantuve el placer de la conversación y la reflexión que han motivado el escrito.

sábado, 8 de noviembre de 2014

La cabra

Del fondo del vertiginoso desierto (cuyo sol da la fiebre, así como su luna da el pasmo)… vio emerger una forma sólida en lo alto de una lejana colina. La monotonía de la arena resaltaba aquella singularidad, despertando su curiosidad y postergando la calamidad del camino. No dudó en dirigir sus pasos hacia aquella protuberancia incierta. A medida que fue acercándose, aquella forma se volvió nítida: de esa sencilla construcción y de su persistente sed, infirió que se trataba de un viejo pozo.

Cuando comenzó el ascenso por las faldas de la colina, se percató de la presencia de una figura humana, recostada junto al murete de piedra. Esto no despertó en él recelo; más al contrario, apresuró la marcha. Pronto se encontró frente al hombre cubierto con capa negra y turbante, que descansaba su espalda en la parte ombría del pozo y oteaba el horizonte. Su presencia y sus ademanes agitados no despertaron en el bereber gesto alguno; sus brillantes ojos grises siguieron imperturbables clavados en los confines del desierto. Esta circunstancia no le extrañó; a lo largo del camino había conocido a muchos hombres que perdieron la razón bajo la magnanimidad del sol omnipotente. Dirigió su mirada hacia el pozo.

Miró al interior y no encontró más que una redonda y profunda negrura, circundada por el murete de piedra. Por un instante, se imaginó tirándose al hoyo para saciar su sed; una piedra desprendida en la arena le hizo cambiar de idea. Sintiendo su peso y su calor, la levantó teatralmente para lanzarla por el insondable agujero. Antes de arrojarla, con la piedra alzada por encima de su cabeza, miró de reojo al hombre, que permanecía impasible ante aquella escena. Entonces, dejó caer la piedra en el pozo. El silencio perfecto del desierto confirmó la solemnidad del momento.

Esperó a oír el chapoteo del agua, pero el sonido transmutó en visión: en su lugar, una sombra nerviosa apareció en el horizonte. Frunció el ceño para afinar la vista. Pronto dedujo, por su aguda cabeza y sus nudosas extremidades, que se trataba de una cabra, y que se dirigía velozmente hacia allí. No tardó el animal en aproximarse a la colina y en ascenderla con toda premura. Pudo apreciar en su gesto la tensión de la velocidad y en sus ojos el brillo del frenesí, antes de que la cabra se tirase con determinación al pozo de un brinco acrobático. Después, volvió a reinar el silencio.

El pasmo precedió al miedo. El desierto le pareció enorme y atroz. Ante el horror de su gesto, el bereber consintió en dirigirle unas breves palabras en su propio idioma: “la cabra estaba atada a la piedra”, dijo impasible, sin mirarle.

Mediaron unos segundos antes de que se lanzase finalmente por el infausto agujero.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Arquitectura de buen gusto

Existe una sutil transferencia entre las experiencias táctiles y las gustativas. La vista también se transfiere al gusto; ciertos colores y detalles delicados evocan sensaciones orales. La lengua siente subliminalmente la superficie de una piedra pulida delicadamente coloreada. Nuestra experiencia sensorial del mundo se origina en la sensación interior de la boca, y el mundo tiende a volver a sus orígenes orales. El origen más arcaico del espacio arquitectónico está en la cavidad bucal.
Hace muchos años, cuando visitaba la residencia D. L. James en Carmel, California, obra de Charles y Henry Greene, me vi obligado a arrodillarme y a tocar con la lengua el umbral de mármol blanco de delicado brillo de la puerta principal. Los materiales sensuales y los detalles diestramente trabajados de la arquitectura de Carlo Scarpa, así como los colores sensuales de las casas de Luis Barragán, evocan a menudo experiencias orales. Las superficies deliciosamente coloreadas de stucco lustro, un color muy pulido, o las superficies de madera también se prestan al reconocimiento de la lengua.

Juhani Pallasmaa, The Eyes of the Skin. Architecture and the Senses, 1996. En PALLASMAA, Juhani, Los Ojos de la Piel. La Arquitectura de los Sentidos, Gustavo Gili, Barcelona, 2014, p.71.

viernes, 27 de junio de 2014

Demolición en caliente

Manila tiene una sonora reputación por los sospechosos incendios que se producen en las áreas hiperdegradadas. Según señala Jeremy Seabrook, «entre febrero y abril de 1993 hubo ocho grandes incendios en estas áreas, incluyendo los provocados en Smoky Mountain, Aroma Beach y Navotas. La zona más castigada está junto a los muelles donde se quiere ampliar la terminal de contenedores». Erhard Berner añade que uno de los métodos favoritos, que los terratenientes llaman «demolición en caliente», es cazar «una rata o un gato (los perros mueren demasiado rápido), empaparlo de keroseno y después de prenderle fuego, soltarlo en el lugar adecuado […] un fuego de estas características resulta difícil de controlar, ya que el animal puede incendiar muchas chabolas antes de morir».

DAVIS, Mike, Planeta de ciudades miseria, Pensamiento crítico, 2014