lunes, 20 de mayo de 2013

El pintor

1998 o 1999. Antonio y mi madre querían pintar el piso de la calle Acacias. No había mucho dinero, así que Antonio se postuló él mismo como pintor. Mi madre no ocultó sus recelos, porque aunque Antonio rebosase talento musical y le apodásemos cariñosamente “piquito de oro” por su extraordinario don de palabra, no había logrado demostrar hasta la fecha gran habilidad para el bricolaje: el uso indiscriminado del loctite como solución sistémica a los desarreglos domésticos no decía mucho en su favor en este sentido. Pero mi madre finalmente aceptó, quizás por falta de otra alternativa. 

No sé qué argumentos utilizó Antonio para convencer a mi madre, pero decidieron pintar cada estancia de un color; no de un mismo tono con ligeras gradaciones de intensidad, en camaïeu que diría un francés; tampoco en suaves y tenues colores pasteles; digamos que planificaron realmente cada estancia de un color, fuerte, poderoso y contrastado, como para que no hubiese confusión de dónde uno pudiera encontrarse. E incluso, en un estadio posterior de refinamiento y desarrollo de la idea inicial, llegaron a concebir que cada pared de cada estancia recibiese un color diferente. La inspiración pudo venir, digamos de Woodstock, de los años 60, los pantalones de campanas y los LSD… quizás justificado por el pasado hippy de Antonio, que significativamente llevaba todavía pelo largo y barbas por aquel entonces. 

Empezó por los baños, poca cosa en color malva, quizás como experimento inicial y para ganar confianza. Fue pintando a continuación el pasillo, el cuartito de la ropa, el recibidor… Pintaba a su aire, sin tomar muchas precauciones ante zócalos, marcos de ventana, puertas o interruptores, que quedaban sepultados parcialmente bajo la pintura. El suelo sí lo protegía con un modesto plástico, pero inevitablemente hubo después que frotar con estropajo y disolvente algunas losas para sacarles aquellos goterones que lo eludieron. No tapó algunos agujeros que tenía la pared enyesada y que me habían costado toda una infancia perpetrar; tampoco le preocupó el gotelé: la pintura lo suavizó, limó sus asperezas y lo atemperó hasta el punto de que le perdimos el miedo a rozarnos con la pared en manga corta. Para Antonio todo eso eran minucias, pequeños detalles de tiquismiquis; lo suyo era el deslizar imperturbable del rodillo, indiferente e insensible en su avance ante pequeñas protuberancias sin importancia, como las ventanas o las puertas. 

El salón lo pintó de verde pistacho. Retengo en mi memoria la estrategia que dijo utilizar para pintar el techo. Cito textual: “empezar por los bordes e ir atacando hacia el centro”. Lo que pasó es que se le acabó la pintura verde, y entonces, quedó un perfecto cuadrado blanco sin pintar justo en el centro del techo, del que colgaba una escuálida lámpara. Años más tarde, quizás por no escuchar nuestras injustificadas quejas, y en un alarde de ingenio, decidió trasladar una reciente afición que había adquirido de tapizar los sofás al mismísimo techo: le bastó una grapadora y una escalera para tapizar todo el techo con sobrantes de la tela a cuadros de los sofás, caída hacia el centro a modo de una jaima árabe. Llenó entonces la estancia de cojines con motivos arábigos acordes con el nuevo estilo, incensarios de madera, y muchas velas, a pesar del riesgo evidente de incendio. Nos reunió allí y dijo: “escuchad”. Aplaudió sonoramente y tuvimos que darle la razón, porque ahora el salón estaba más “insonorizado”, a pesar de que aquella no hubiese sido nunca su intención inicial. 

Pero el momento culminante de su faceta como pintor se produjo en el dormitorio principal. Había planeado pintarlo en blanco y azul. La pared de la derecha, tal y como se entraba en el cuarto, la pintó de azul y la de la izquierda de blanco. El dilema no se hizo esperar: ¿qué pasaba entonces con la pared de enfrente? Aquello parecía un escoyo insalvable, puesto que decantarse por pintarla de azul o de blanco era romper la simetría conceptual, el equilibrio entre los opuestos; y un tercer color que arbitrase entre ambos, suponía dos nuevos problemas: decidir qué color era ese e ir a comprar más pintura. Entonces Antonio tuvo una idea brillante que resolvió el conflicto, y que supuso una innovación radical, un nuevo recurso hasta entonces inconcebible: decidió dividir la pared frontal en dos y pintar cada mitad del color correspondiente. 

Trazó una línea vertical, esta vez sí, con ayuda de la cinta de carretero. No lo hizo sin embargo, dividiendo la pared en dos partes iguales. Para que comprendan el porqué, debo explicarles la fisionomía del cuarto. Era una estancia rectangular que contenía un baño, y estaba al final del pasillo. Al batir la puerta hacia la izquierda se veía frontalmente otra puerta, que daba a ese baño, y a la derecha un pasillo corto que desembocaba en el dormitorio. Al entrar por tanto, uno giraba inmediatamente hacia la derecha si no quería ir al baño; enfrente había una ventana y la cama quedaba parcialmente oculta a la izquierda por el recodo de aquel pasillo. Pues bien, Antonio trazó la línea vertical justo por la mitad del pasillo, puesto que el efecto de dividir la pared por el centro de la misma no se hubiera apreciado al entrar en el cuarto. Esto dejaba solo un trocito de pared a la derecha de azul oscuro, una franja 45 o 50 cm, y el resto en blanco. La línea vertical además estaba interrumpida por la ventana, pero esto no le pareció un problema. Convencido de la solución salomónica, ejecutó con increíble e inusitada precisión el encuentro de los dos colores según aquella línea vertical divisoria. 

Pero de la complacencia postrera rápidamente pasó a la incertidumbre, al desasosiego que ahora le producía el no haber previsto qué hacer con el techo. La solución le sobrevino evidente de golpe. Aquella línea vertical que separaba dos colores en la misma pared, no tenía sentido que al llegar al techo se interrumpiese; debía también dividir el techo en dos, como si un ente abstracto matemático, que denominamos plano, hubiese seccionado y dividido la habitación en dos mundos diferentes; un muro invisible e inescrutable, indiferente a la ventana, separaría pues el azul de la derecha del blanco de la izquierda. Así se dispuso a ejecutar su plan, pero quizás, por falta de medios materiales, o por el cansancio debido al esmero que había puesto ya en la división de la pared frontal o tal vez por la precipitación del artista que ansía ver su obra acabada, no tomó algunas precauciones elementales, como colocar la cinta de carretero en el techo, confiando a su buen ojo, el trazado de la recta impasible.

Comenzó con confianza: la recta del techo nació en estricto paralelismo con la arista superior de la pared de la derecha. Pero a medida que fue avanzando, o mejor dicho retrocediendo, puesto que pintaba de adelante hacia atrás, la recta se fue torciendo ligeramente, como si  la pared de la derecha ejerciese un efecto de atracción gravitatoria sobre la misma. La recta divisoria comenzó a ser parábola, y Antonio, percatándose de tal efecto, no opuso resistencia ni trató de remediarlo, sino que todo lo contrario, lo tomó como un descubrimiento: ¿por qué había él de ceñirse a ninguna constricción geométrica (la improvisación y el libre albedrío eran connaturales a su carácter), por qué no dejarse llevar por aquella manifestación espontánea de esa recta que quería ser curva, y también, por qué no decirlo, acabar antes? Así que potenció, ya sin disimulo, la curvatura de aquella franja azul del techo, que cada vez venía más pegada a la pared de la derecha, hasta que le dio encuentro en dulce tangente con la arista superior de aquella, casi justo encima del marco de la puerta de entrada. 

Como no le quedaba más pintura, la pared trasera no la pintó, cosa que no importó en absoluto, porque aparte de que quedaba prácticamente oculta cuando la puerta estaba abierta, la curva del techo llamaba tan poderosamente la atención que nadie prestó jamás atención a ese minúsculo detalle. Así que nos reunió para enseñarnos su obra, e improvisó una explicación que quizás ya venía maquinando mientras pintaba, y que convirtió en la explicación definitiva a fuerza de mejorarla en matices cada vez que la repitió a aquellos que vinieron a ver la casa a partir de entonces. Mi abuelo, hombre de rigores antiguos, no dijo ni una palabra cuando Antonio le explicó delante mía, con su habitual desenvoltura y absoluto convencimiento de lo que decía, que había pintado “una ola que evocaba el océano” en el techo del dormitorio. La expresión de mi abuelo como si se hallase en otro planeta, lamentablemente no puedo plasmarla mediante el lenguaje escrito, pero quedó fijada para siempre en mi memoria. Espero sean capaces de figurársela.

sábado, 4 de mayo de 2013

No estoy seguro de que tenga usted cara

«–Voy a ver si puedo explicarme. Una noche, por la calle, vi que un farol, una ventana y una nube formaban clarísimamente una cara. Pues bien: cuando veo la cara del Domingo, pienso que hay una cara que se parece a esa cara. Verán ustedes: caminé un poco más, y me encontré con que no había tal cara; que la ventana estaba a diez metros, el farol a ciento, la nube muy lejos de la tierra. Del mismo modo se me deshace la cara del Domingo, se me va para un lado y otro como esas mistificaciones de la vista. Su cara me ha hecho sospechar que no hay caras. Ya no sé, Bull, si lo de usted es una cara o un arreglo de perspectivas. Tal vez uno de los discos de esas abominables gafas que usted ha roto estaba aquí, y el otro estaba a cincuenta millas. ¡Ay, las dudas del materialista son cosas de risa! ¡El Domingo me ha enseñado, ay, las dudas del espiritualista! Yo creo ser budista. Y el budismo no es un credo, sino una duda. ¡Ay, querido Bull! ¡No estoy seguro de que tenga usted cara! ¡No tengo bastante fe para creer en la materia!»


Chesterton, Gilbert K., El hombre que fue jueves: Una pesadilla, Espuela de plata, 2010. Título original: The man who was Thursday: A nightmare, 1908.

martes, 12 de febrero de 2013

Las mutaciones metafísicas

«Las mutaciones metafísicas –es decir, las transiciones radicales y globales de la visión del mundo adoptada por la mayoría– son raras en la historia de la humanidad. Como ejemplo, se puede citar la aparición del cristianismo. 

En cuanto se produce una mutación metafísica, se desarrolla sin encontrar resistencia hasta sus últimas consecuencias. Barre sin ni siquiera prestarles atención los sistemas económicos y políticos, los juicios estéticos, las jerarquías sociales. No hay fuerza humana que pueda interrumpir su curso…, salvo la aparición de una nueva mutación metafísica. 

No se puede decir que las mutaciones metafísicas afecten especialmente a las sociedades debilitadas, ya en declive. Cuando apareció el cristianismo, el Imperio romano estaba en la cúspide de su poder; perfectamente organizado, dominaba el universo conocido; su superioridad técnica y militar no tenía parangón; aun así tampoco tenía la menor oportunidad. Cuando apareció la ciencia moderna, el cristianismo medieval constituía un sistema completo de comprensión del hombre y el universo; servía de base al gobierno de los pueblos, producía conocimientos y obras, decidía tanto la paz como la guerra, organizaba la producción y la distribución de los bienes; nada de todo esto iba a impedir que se viniera abajo».

Houellebecq, Michel. Las partículas elementales. Editorial Anagrama. Barcelona, 1999

domingo, 27 de enero de 2013

Silencio

«Tras un viaje largo y difícil, un joven japonés llegó a lo profundo de un bosque donde habitaba el maestro de su elección en una casita que él mismo había construido. Cuando el estudiante llegó, el maestro estaba barriendo hojas caídas. Al saludarle, el joven no recibió a cambio ningún saludo. Y para todas sus preguntas, no hubo respuestas. Al darse cuenta de que no había nada que hacer para llamar la atención del maestro, el estudiante se fue a otra parte del bosque y se construyó una casa. Años más tarde, cuando barría hojas caídas, fue iluminado. Entonces lo dejó todo, corrió a través del bosque hasta su maestro y le dijo: "Gracias"».

Cage, John. Silencio. Ediciones Ardora. Madrid, 2002.

sábado, 5 de enero de 2013

La isleta

Cuentan que existe un mapa con una equis que marca el lugar. Pero hay muchos que no lo necesitan, llegan sin proponérselo, como es mi caso. Las indicaciones que les daré quizás puedan considerarlas vagas e imprecisas, pero es lo que puedo ofrecerles. El camino para llegar hasta allí no me es posible describirlo en términos objetivos: el mar y la luz de la luna nunca lo fueron. En cualquier caso, les recomendaría desembarcar por la Caleta, sentir la humedad y el olor a sal, y adentrarse en el varado viejo casco de Cádiz. Lo mejor es ir sin rumbo, a la deriva, dejándose mecer. El tesoro de la isleta no se busca, se encuentra. 

Al llegar no tendrán duda. La isleta frecuenta una esquina como lo haría una lumia, aunque nadie recuerda qué fue antes, ¿la isleta o la esquina? Otros navegantes poblarán el lugar, sobre todo en domingo. Recios marineros y marineras. Piratas caleteros con parche y pata de palo. Capitanas de galeones Erasmus. Pescadores fanfarrones. Un tumulto variopinto y ecléctico, donde se exalta la diferencia y se exhibe lo dispar, pero unidos por una causa común: la caña de cerveza a un euro. 

Hasta cierta hora de la noche, tanto la calle como el interior pertenecen a la isleta. La frontera es psicológica. De hecho, el interior discurre en paralelo a la calle con una barra a lo largo. El paso tanto dentro como fuera es estrecho, y el roce hace el cariño. El interior reproduce también la esquina: la barra termina y el espacio se ensancha para los músicos y exhibicionistas. Suele haber conciertos y performances, muchos improvisados. Desde el pasillo nadie ve nada, pero quizás no se deba en exclusiva al malogrado ángulo de visión e intervengan otras causas etílicas. O quizás distraigan demasiado la atención las fotos artísticas de los propios clientes en pelota picada, o del dueño haciendo yoga desnudo sobre la barra, no sabría decir. Pero hay una excepción: cuando la performance sucede en el columpio que hay colgado del techo. Entonces el efecto es hipnótico y absorbente y todo el mundo atiende (puede que también para evitar un perturbador zapatazo en la cara). 

A no recuerdo qué hora (no porque no quiera), se cierran las puertas. O entras o te vas a tu casa. La música se termina. Los camareros se mezclan con la multitud y ya no se sabe quién sirve a quién. Alguien dice “Sodoma y Gomorra”. O “carpe diem”, “prohibido prohibir”… Llegados a este punto, entenderán mis estimados lectores, que no me esté permitido revelar lo que allí acontece, puesto que la delación en la isleta está penada muy duramente: con la expulsión a perpetuidad. Pero les advertiré algo. Vayan con cuidado. Solo unos pocos lograron regresar indemnes a casa. “La bebida y el diablo se llevaron al resto” (R. L. Stevenson, La isla del Tesoro).

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Fin del mundo

Fin del mundo.

Fin del fin del mundo.

Mundo del fin del mundo.

Mundo del fin del fin del mundo.

Mundo del mundo del mundo del fin del mundo.

Fin del fin del mundo del fin del mundo del mundo.

Mundo del fin del fin del mundo del mundo del fin del mundo.

Mundo del fin del fin del fin del mundo del fin del mundo del mundo.

Fin del mundo del fin del fin del mundo del mundo del fin del mundo.

Mundo del fin del mundo del mundo del mundo del mundo del mundo del fin del mundo.

Mundo del fin del fin del mundo del fin del mundo del fin del mundo del fin del mundo del mundo.

Mundo del fin del fin del fin del mundo del mundo del fin del mundo del mundo del fin del mundo del fin.

Mundo del fin del mundo del mundo del fin del mundo del mundo del fin del mundo del mundo del fin del mundo.

Fin del mundo del fin del mundo del mundo del fin del mundo del mundo del fin del mundo del mundo del fin del mundo.

Mundo del mundo del mundo del mundo de fin del mundo del mundo del fin del mundo del fin del fin del mundo del mundo.

Fin del fin del mundo del fin del mundo del mundo del fin del mundo del mundo del fin del mundo del mundo del fin del mundo.

Mundo del mundo del fin del mundo del mundo del fin del fin del fin del mundo del mundo del fin del mundo del mundo del fin del mundo.

martes, 27 de noviembre de 2012

Porque han visto mi cara

«Del fondo del desierto vertiginoso (cuyo sol da la fiebre, así como su luna da el pasmo) vieron adentrarse tres figuras, que les parecieron altísimas. Las tres eran humanas y la del medio tenía cabeza de toro. Cuando se aproximaron, vieron que éste usaba una máscara y que los otros dos eran ciegos.
Alguien (como en los cuentos de Las mil y una noches) indagó la razón de esa maravilla. "Están ciegos", el hombre de la máscara declaró, "porque han visto mi cara"».

Borges, Jorge Luis. "El tintorero enmascarado Hákim de Merv"
Historia universal de la infamia. Random House Mondadori. Barcelona, 2011.